Me chocó la mejor persona del mundo.


¿Qué es lo primero que piensas cuando te ves involucrado en un accidente? ¿Cómo estamos acostumbrados a reaccionar? Y, ¿cómo deberíamos hacerlo?




Hace un par de semanas manejaba de regreso a mi hogar después de un largo día. Iba feliz porque era la hora perfecta, unos quince minutos antes de que se volviera la hora pico caótica. Al detenerme en un alto al que estaba acostumbrada, tuve que detenerme abruptamente porque noté que un carro venía más rápido de lo que esperaba. Fue entonces cuando el automóvil de atrás frenó, pero contra la parte posterior de mi camioneta.

Para que les voy a mentir, a pesar que tengo todas las herramientas para manejar mis emociones mi primera reacción fue pegar un gran grito de cólera. A este arranque de enojo le siguió confusión, ¿cómo lo manejo estando yo sola? Luego, vino el miedo. ¿Quién será el otro conductor? ¿Qué pasa si busca hacerme daño? Por último, entró la racionalización. ¿Porqué estoy dejándome reaccionar ante algo que aún no está sucediendo? Sabía que lo importante era ir paso por paso, siendo el primero tener que bajarme de mi vehículo para evaluar los daños y conocer al contraparte del accidente. Todos estos pensamientos sucedieron en no más de dos minutos post accidente.

Respiré profundo y tuve el control suficiente para suavizar todas las emociones negativas que habían surgido. Abrí la puerta y con una sonrisa me bajé, caminé hacia el señor que conducía el otro automóvil y antes que el pudiera decir algo extendí mi mano, me presenté por nombre y le expresé mi gusto por conocerlo, a pesar de las circunstancias.

Noté como inmediatamente su rostro cambió y se convirtió en la mejor persona del mundo.

Sin cuestionarlo asumió toda la culpa, me señaló cómo mi camioneta no había sufrido ningún daño y que, a pesar que su carro tenía un daño aparente en el radiador, no tenía porque esperar ya que había sido su responsabilidad y no tenía la intención de hacerme perder la tarde en un tecnicismo que terminaría siendo resuelta a mi favor. A esto, le siguió una muestra profunda de empatía mientras me preguntaba si yo estaba bien, cómo prefería manejarlo y que acciones prefería tomar.

En este momento tenía dos opciones. La primera era llamar a mi aseguradora y a la policía para que llegaran a evaluar el accidente. Dado a su reacción, era muy probable que el señor no contaba con seguro y era por eso su insistencia en dejarlo pasar pero, ¿debía esto definir cómo reaccionaría yo ante ello? Esto me llevó a mi segunda opción; solventar amistosamente, la cual opté como la mejor alternativa. A su monólogo respondí inicialmente retornando la empatía preguntándole si él y sus pasajeros se encontraban bien físicamente. Al aclarar que nadie estaba lastimado, le pedí que no se preocupara, al final del día cualquiera podía cometer una equivocación así. Por último, le ofrecí mi ayuda a solucionar el momento y al recibir un no como respuesta me excusé.

Estamos acostumbrados a reaccionar de modo visceral. Y, ¿saben que? Es natural. Sentir emociones negativas no es algo malo, lo que puede llegar a ser negativo es que no podamos manejarlo.

Por ello es importante darnos el tiempo para poder sentirlas, entenderlas y manejarlas de la manera correcta para que poco a poco le enseñemos a nuestro cerebro la manera correcta en la que debemos actuar. Lo mencionado anteriormente es una decisión constante ya que debemos re-aprender a reaccionar de una manera en la que no estamos acostumbrados, es todo un nuevo hábito.


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San Salvador, El Salvador. 2020.

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